“El periódico ha de estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el tacón.  Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente al bien público”.
José Martí
 

¿Sueña el ICAIC con el cine mudo?

Tomado de Cine Cubano, La Pupila Insomne

Stavrogin: ¿Y dónde lo meterán?

Kirilov: En ningun parte. El tiempo, al fin y al

cabo, no es una cosa, sino una idea.

Desaparecerá en el entendimiento.

Dostoievski.

Hace cuatro años, cuando un grupo de cineastas cubanos decidimos reunirnos en asambleas abiertas creíamos que estábamos emprendiendo un gesto orgánico y legítimo de participación, encaminado a impulsar el reordenamiento institucional y cultural del Cine Cubano. Nuestra intención era demandar algunas políticas que impulsaran nuevas relaciones entre los cineastas que ya estaban realizando producciones independientes y el ICAIC, un instituto de cine obligado a transformarse para poder seguir gestionando, en un nuevo territorio, la producción, la promoción y la exhibición de Cine en Cuba. La finalidad entonces era impulsar una Ley de Cine que actualizara la Ley fundacional del ICAIC y reconociera, legitimándolas, las nuevas formas de producción cinematográficas que ya operaban en el país.

Pero el diablo está en los detalles y la convocatoria y realización de asambleas abiertas de cineastas como una forma horizontal y participativa de legislar nuestras demandas hizo que el sentido de nuestros enunciados fuera visto con prejuicios y suspicacias por algunos de los funcionarios que en aquel momento interactuaron con nosotros. La falta de entendimiento, de voluntad política y de diálogo intelectual prevaleció sobre el sentido común y la responsabilidad. Fue más fácil no escucharnos, dudar, injuriar y conspirar contra nosotros, que desarrollar una relación dialéctica, que si bien apuntaba a ser compleja, era la que exigía la situación del cine cubano y las demandas de un gremio decidido a intervenir en el diseño de su actividad vital y social.

En una sociedad que sigue aspirando a la emancipación, la participación real de sus individuos en el diseño del bien social común debería ser una práctica cotidiana, y no una construcción teórica cuya práctica ha sido sistemáticamente sustraída del espacio público por las instituciones y sus dirigentes, no se pueden crear supuestos sobre las intenciones del otro sin escucharlo.

Para que el desarrollo dramático de una escena entre dos, o más actores, tenga un buen resultado, se necesita claridad en los objetivos y que los interpretes estén concentrados, relajados y se escuchen. No se puede reaccionar orgánicamente si no escuchas al otro desde una relajación consciente. El aquí y el ahora de una confrontación no puede tener una evolución dialéctica si las partes (o una de ellas) se posiciona condicionada por los prejuicios y la paranoia.

Lo terrible (por dramático y trágico) del pensamiento paranoico es que ve enemigos donde los hay y donde no los hay; en esta lógica, la pertinencia de la confrontación prevalece sobre cualquier otra variante de emancipación social y, en la mayoría de los casos, los funcionarios que la ejercen prefieren moverse en el terreno conocido del ordeno y mando, a escuchar los argumentos de los otros y tener que reflexionar sobre ellos. No está demás decir que la paranoia puede habitar también en la mente de los otros, pero le toca a los que ejercen la responsabilidad del poder, buscar, encontrar y tender los puentes hacia un dialogo desprejuiciado.

Todo esto (y más) sobrevoló el desarrollo de las Asambleas Abiertas de Cineastas y de su mal conocido grupo de trabajo G20. Digo mal conocido, porque los intentos de maniatar, condicionar, manipular, tergiversar y utilizar en función de otros intereses el estilo y los objetivos de trabajo del G20, se sucedieron unos tras otros. Digo mal conocido porque para muchos el G20 desapareció corroído por el agotamiento, la desidia, el sinsentido de sus demandas, y el éxito de algún que otro complot orquestado contra su funcionamiento. Digo mal conocido, porque en un país donde la memoria esta decretada, poco se sabe y se recuerda de las demandas y el contenido de los documentos elaborados por el G20 en consultas dialécticas con las Asambleas de Cineastas.

Y es ahí, en la escritura de la historia, donde ronda el diablo. Hoy, cuando algunas de las demandas, que en aquel momento clasificamos como de urgente aplicación, comienzan a ser anunciadas como políticas implementadas y aprobadas por las instancias a las que les corresponde esa tarea, nada se dice públicamente de la labor que realizaron los cineastas (en diálogo con la institución) para elaborarlas y presentarlas a las instancias pertinentes. En este nuevo escenario el ICAIC obvia la oportunidad de restaurar un diálogo abierto con todos los cineastas y elige, a cambio, diseñar el olvido a través de pequeñas reuniones selectivas que generan rumor, el enemigo rumor de la recuperación de la confianza, del intercambio, del respeto.

Confieso que me desconciertan, nuestra instituciones y sus dirigentes me desconciertan cuando por un lado reclaman dialogo y responsabilidad y por el otro no son capaces de generar o diseñar una estrategia que permita trabajar, como dirían los sabios chinos, en lo echado a perder.

Se alarman nuestros funcionarios culturales con el uso de las redes sociales como foros virtuales para emitir criterios o polemizar y no son capaces de crear un espacio real de discusión como el de las Asambleas Abiertas de Cineastas en Fresa y Chocolate. Exigen responsabilidad del otro y no son capaces ellos de diseñar (o al menos propiciar) el terreno para que esa responsabilidad, que solo puede nacer del entendimiento, florezca.

¿A dónde queremos llegar? No lo sé. Ya ni siquiera logro distinguir los detalles del camino que recorremos.

Mientras, desde alguna de sus mutaciones, el diablo sigue trabajando.

 

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