“El periódico ha de estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el tacón.  Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente al bien público”.
José Martí
 

Santiago Espirituano, una tarea de Hércules

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Tomado de Progreso Semanal

Si se miran con cariño, sabiendo que costó ansias buscar los papeles de colores, el pegamento que resistiera el embate de los aguaceros y el combustible necesario para que recorran, según se ha prometido, buena parte de la ciudad; si se miran así, con ternura, las carrozas del Santiago Espirituano 2017 no parecen ya esos armatostes rudimentarios de dudosa calidad artística.

Arte, no: magia hay que hacer para que de año en año se mantenga el desfile de carrozas, auspiciadas por organismos e instituciones que, por lo general, excepto la contratación del elenco y el patrocinio, poco más se involucran en el resultado final.

Para mirarlas con cariño, sin embargo, es preferible ubicarse cerca de la plataforma central, sitio donde estos artefactos se detienen y los bailarines —que durante el recorrido han venido moviéndose digamos que “acoreográficamente”— desarrollan la estampa cultural que tenían ensayada para impresionar al jurado; un objetivo que, como es lógico, algunos logran mejor que otros.

De más está decir que esta vez me he esforzado en disfrutar el desfile de carrozas, en descubrir las innovaciones brillantes detrás de cada descosido, en valorar cuánto de heroico hay en concebir un espectáculo siquiera digno y no precisamente con los recursos del carnaval de Río.

Habrá siempre, como el señor parado detrás de mí, quien las compare con las de hace décadas y termine suspirando, románticamente: “Aquellas sí eran carrozas”. No digo yo que estas sean mejores —no me atrevería a tanto—, pero me dieron ganas de recordarle al señor, con todo y su experiencia de los carnavales con pergas, que el valor del Santiago Espirituano en tanto festividad tradicional no radica en la majestuosidad de sus carrozas.

Así lo prueban las fotos históricas, en las que se pueden distinguir aquellas de principios de siglo XX que eran más bien fotingos engalanados, hasta las de los años 80, que tampoco podían emular en elegancia con las de otras fiestas vecinas que sí se toman muy a pecho lo de la ornamentación. Zaza del Medio, para no ir tan lejos, y Remedios, que ha asumido la espectacularidad de sus trabajos de plaza como un asunto de vida o muerte.

Será que a fuerza de observarlos un Santiago sí y otro también he llegado a justificar el minimalismo de estos artilugios rodantes con una sentencia que me acomoda: lo importante en Sancti Spíritus, más que los fastos y las lucecitas para escena, es el origen popular, raigalmente comunitario, de su fiesta patrimonial; que las comparsas sigan gestándose en el barrio, por ejemplo, y que la verdadera celebración ocurra meses antes del Santiago, cuando la gente sale del trabajo y va a ensayar durante horas por el placer de conguear, sin saber a ciencia cierta si tendrá trajes nuevos o deberá zurcir los del carnaval pasado.

A las comparsas, no obstante, también hay que observarlas con afecto, casi con agradecimiento, porque es casi una tarea de Hércules conseguir que permanezca vivo en la comunidad el espíritu de los comparseros de antaño y el interés por un ritmo que pudiera lucir pasado de moda en tiempos de música enlatada y de reguetón.

La huella de la contemporaneidad se ve clarita, clarita, mientras las comparsas actúan frente a la plataforma central y no se sabe si esos movimientos desganados son apenas calentamiento o la presentación oficial, si tan pocas personas en la pista significa que en algún momento se le sumarán más, o si uno tiene que resignarse a que las arrolladeras por las calles de la ciudad —acaso el elemento popular por antonomasia— se hayan reducido a los escasos 10 o 12 metros que sigue tocando la conga, aupada por los entusiastas de siempre, cuando los bailadores terminan de evolucionar.

Yo lo justifico todo, básicamente porque sé que cada detalle ínfimo ha sido parido a pulmón; pero no estoy muy segura de que el turista que ahora mismo filma este cuadro espirituano le eche también la culpa al bloqueo y a la posmodernidad.

 
 

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