“El periódico ha de estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el tacón.  Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente al bien público”.
José Martí
 

Historia de un emigrante (capítulo I)

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Ilustración: Ricardo Weibezahn

Tomado de El Estornudo

La noche se cierra sobre San Antonio, Texas, y sus hobos, sus junkies y sus facinerosos comienzan a rondar la terminal de ómnibus Greyhound. La camagüeyana es un animal arisco con bolsas de cansancio debajo de los ojos. Su primera noche en los Estados Unidos le toca dormir en una terminal llena de gente rara. Carga con pocos efectos personales, entre ellos una memoria flash en la que alguien le grabó un documento con treinta lecciones de Inglés Rápido, que ella espera aprender con celeridad.

Su hijo de ocho años mal duerme a lo largo de un banco de hierro. La camagüeyana le pone unas chanclas de goma, y le sube el gorro de su chamarra roja, acomodándole la cabeza sobre una pequeña mochila con motivos de Disney.

La camagüeyana vigila tiernamente el sueño de su niño, en la noche fría de Texas. Ambos llevan tres días sin bañarse, pegando los ojos por tramos, desde que salieron de Cancún, México. Surcaron el Puente Internacional No. 1, uno de los que separa el territorio mexicano del estadounidense, por la ciudad de Nuevo Laredo, pidieron asilo político, y en sendos pasaportes azules les presillaron el Parole que les permitirá, como ciudadanos cubanos, solicitar la residencia americana al año y un día.

Ella y su hijo –después de las huellas, las fotos y las firmas sobre las planillas correspondientes– trasponen la azarosa línea que los convierte en dos refugiados políticos, en un país separado por solo 90 millas de su Cuba natal.

En Camagüey fue manicure, “no de las que ponen uñas postizas con las que las mujeres no pueden ni agarrar un vaso de agua” sino de las que disfrutan el arte sencillo de mojar la brocha en miniatura y deslizarla por la uña, para cambiarla de color.

Lleva días sin tomar un café decente. Calcula cuánto ha gastado en el viaje y cuánto le queda en el bolso. Solo entonces decide comprar un vaso de Gold Peak.

–Esto es agua de culo. No hay quien se lo meta –maldice, antes de expresar su decepción y ofrecer, en forma de prematura nostalgia, una charla sobre las razones que hacen al café cubano el mejor café del mundo.

El niño despierta y se pone a cantar una canción cuya letra onomatopéyica es una verdadera letanía. Los vagabundos y los pasajeros adormilados miran la escena con curiosidad. Ella piensa que él no se está portando a la altura de las circunstancias. Pero el niño está nervioso.

El Plan A de la camagüeyana era Las Vegas, donde una amiga le había asegurado, antes de viajar, que tendría techo provisional y jugosas oportunidades de trabajo lejos de la superpoblada Miami, donde termina el grueso del exilio cubano. La camagüeyana pasa la madrugada telefoneándola, pero su amiga no responde.

Cinco minutos después le comunica a su hijo que ya no vivirán en Las Vegas sino en Houston, a lo que el niño responde con un “ño, mamá”. En Houston un amigo le había prometido lo mismo. Le telefonea, pero tampoco obtiene respuesta. Entonces le comunica a su hijo que ya no vivirán en Houston. Él empieza a cansarse. Finalmente, la camagüeyana recuerda que la madrina del niño vive en la superpoblada Miami, y que ahí vivirán. Se lo comunica.

La camagüeyana ha cambiado tres veces de destino en la última media hora y su hijo ya deja de tomarla en serio. Cuando amanezca en San Antonio, la camagüeyana tomará el bus de Greyhound a la Florida. Sus aspiraciones en Estados Unidos no son sofisticadas. Señala a la empleada de limpieza, quien, trapeador en mano, friega el churre de la madrugada y aparta los equipajes que forman bultos inconexos en el suelo de la terminal. Entonces dice: –No me importaría hacer eso mismo. A Cuba no puedo regresar porque vendí mi casa para venir.

La única sonrisa de la camagüeyana es una mueca agónica antes del alba. La presencia de un coterráneo la alivia. La camagüeyana alcanza niveles imprevistos de tierna fragilidad sobre todo cuando, al preguntarme cuánto ha costado un pomo de agua, y al escuchar que cuatro dólares, hace una conversión de cuyo absurdo no está consciente, multiplica cuatro por veinticinco (un dólar en Cuba equivale a veinticinco pesos cubanos) y suelta, con la espontaneidad más grande: – ¡Yo no doy cien pesos por un pomo de agua!

Cuando clarea el día y su cara luce más estrujada que en la noche y limpia las lagañas de su niño y anuncian por el altavoz que su ómnibus va a salir, que estará sola de nuevo, la camagüeyana llora, me pide que la abrace, levanta su magro equipaje y se pierde, con valentía y espanto.

Deporte nacional

La camagüeyana y yo tenemos en común lo drástico de la situación, y lo irreversible. Somos números en las estadísticas que contabilizan la nueva oleada migratoria cubana. Los balseros en tierra firme, los de nuevo tipo, aunque las balsas caseras tradicionales rumbo a la Florida no han dejado de zarpar clandestinamente de las costas cubanas. Los protagonistas del apodado “éxodo silencioso”, que en los últimos meses, luego de que Cuba se sentara a conversar con Estados Unidos el pasado diciembre de 2014, puso más aceite al engranaje de la estampida nacional.

Ante el miedo creciente de que terminen los privilegios para los cubanos que tocan tierra estadounidense por la política de “pies secos, pies mojados”, de la Ley de Ajuste Cubano vigente desde 1966, los de la isla han protagonizado las peripecias más arriesgadas, viajando a los pocos países que no les pedían visa, principalmente Ecuador, para emprender desde ahí la azarosa aventura de la selva, llegando a atravesar hasta ocho países antes de llegar a su destino.

Los éxodos en Cuba comenzaron tan pronto como la misma Revolución. Camarioca fue la primera huida, en 1965; el Mariel, la segunda, en 1980, cuando alrededor de 125,000 personas alcanzaron las costas de la Florida; en 1994 los Balseros, período en que se lanzaron al mar al menos 50,000 personas durante los días más severos del Período Especial. Y ahora esto: como si fuera la fuga el deporte nacional y la isla viviera unas Olimpiadas permanentes, las cifras de emigrantes en busca de suelo estadounidense no dejan de romper marcas. En 2015 fueron 43,159, un 68% más que en 2014.

En lo que va de 2016, al menos 46,000 cubanos han logrado fugarse de la Isla. Hasta el momento, figuras políticas como el cónsul general de la Embajada de Estados Unidos en La Habana, Brendan Mullarkey, mantienen que la actual administración de la Casa Blanca “no tiene planes de modificar la política migratoria con respecto a Cuba, incluyendo la Ley de Ajuste Cubano”.

Quien pretende irse del país, sin embargo, escucha los discursos con escepticismo y desconfianza. Todo puede ser parte del proceso de negociación bilateral y, si algo está a punto de cambiar, la gente lo sabrá cuando la decisión esté tomada. La última vez que esto sucedió, en 1994, el anuncio fue tan inesperado que cientos de personas se quedaron con las balsas fabricadas. Por retorcido que pueda sonar: vestidos y sin ir al baile.

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Este es el trayecto que siguió Jorge Carrasco para migrar de La Habana a Miami. Ilustración: Ricardo Weibezahn

Adiós a La Habana

Mis últimos días en La Habana pasaron bajo el efecto de la anestesia emocional y el rosario fastidioso de la propaganda política. Yo levantaba velas el día 15 de agosto. Fidel Castro cumplía 90 años el día 13 y hasta entonces los medios cubanos no tenían mucho más en su parrilla que la novela brasileña Imperio y las infladas crónicas periodísticas –las radiales, las impresas, las digitales y las televisivas, todas juntas– que hacían el coro grotesco a unas de las verdaderas hazañas de la Revolución: que Fidel Castro llegara a ser, aunque encima de una cama y orinando a duras penas, un personaje nonagenario.

Yo había conseguido una visa para residir temporalmente como estudiante en México y, a diferencia de la camagüeyana, tenía una idea más concreta de cómo buscar información sobre los puestos fronterizos y los posibles obstáculos de la travesía.

En Cuba, irse del país es un asunto muy serio, algo de sumo secreto que generalmente se les confiesa a familiares muy cercanos o ni siquiera a ellos. Los cubanos heredamos esta paranoia de ser delatados, de un sistema que te mantiene en estado vigilante respecto al otro. Esta paranoia es algo tan asentado en nuestra cultura como el espíritu internacionalista o las frondosas palmas reales.

Durante semanas leí con atención el blog Cubanos al Vuelo, una útil compilación de testimonios y consejos tanto de quienes cruzaron frontera por México o Canadá, como de los propios administradores del blog (quienes no respondieron a la petición de ser entrevistados). Aunque aún tenía algunas dudas, no me atreví a despejarlas usando el correo electrónico que los administradores dejan a los usuarios para hacer preguntas. El correo era [email protected]. Leer LA PIRA NOW era lo mismo que leer LA FUGA AHORA, y esas palabras me ponían la piel de gallina.

Durante las noches de más aburrimiento en Cuba, miraba el gracioso policíaco-dramatizado Día y Noche, y sus no menos simpáticos sucesores. Una forma de amedrentamiento hipodérmico, con su toque didáctico, que le enseña al cubano cómo es imposible escapar al ojo vigilante del Estado, y que cualquiera alrededor tuyo puede estar informando sobre tus movimientos y tus deslices al margen de la ley. Tipo Stassi.

Con esa educación sentimental en mi background, algunas veces me imaginaba escribiendo un correo a lapiranow, y recibiendo una amigable respuesta de un amigable cibernauta, quien me preguntaría si yo en realidad quería escaparme de Cuba, a lo que yo respondería que sí. Él diría: “Qué bien, te voy a ayudar”. Yo diría: “Qué bien, gracias”. Después él diría: “Te voy a ayudar, pero a llegar hasta prisión por salida premeditada del país. Por aquí el Teniente Fernández, desde las oficinas del Ministerio del Interior.” Piel de gallina. Final del capítulo.

(Continuará…)

 
 

4 thoughts on “Historia de un emigrante (capítulo I)

  1. La primera de las lecturas es que los cubanos estamos tan desesperanzados y frustrados que igual nos parece un mal menor toda la aventura y las desgracias inherentes del exilio comparado con seguir viviendo la crisis permanente de Cuba, donde ya nadie cree en el cuento de los sacrificios temporales. Primeramente las promesas de superar la crisis eran para el 2000, después para el 2005. para el 2010, para el 2015, creo que ya vamos por el 2030, nadie cree en esos relatos, solo quedar abandonar el barco. El otro tema es la ingenuidad de creer en las supuestas bondades automáticas de vivir fuera de Cuba.En cualquier caso el resorte fundamental del fenómeno de la emigración masiva hacia USA no es la “propaganda imperialista”, es la situación de agobio y desesperanza dentro del pais.

  2. ¡4 dólares un pomo de agua!

    Veamos, creo que en España los precios no son muy distintos. Una botella de 1,5 L cuesta unos 37 céntimos.

    Pero leyendo el relato me quedé preocupado de que esa pobre madre se muriese de sed.

    Lo digo porque no me explico porque no entra en cualquier servicio público en la propia terminal de autobús y bebe agua del grifo.

  3. Buenisimo el articulo, esa es la historia real, del paraiso socialista donde “el hombre no es el lobo del hombre”, se ha convertido en una novela de Kafka, donde sabes bien que vas al autodestierro, a limpiar pisos, a jugarte la vida todo…, lo que sea pero huir de cualquier forma

  4. Esa muchacha, no se preocupe y piense en el libre futuro de su hijo, lo mas importante.
    Y ya saltara algún jinete de la inteligencia diciendo: peor están los latinoamericanos que hacen eso mismo mojándose por el rio… o algo similar.

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