“El periódico ha de estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el tacón.  Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente al bien público”.
José Martí
 

Economía sin corbata, Capítulo 6: DOS MERCADOS EDÍPICOS

Economía sin corbataFAUSTO SIN MEFISTÓFELES

En 1989 mi amigo Vasilis, recién doctorado en Economía, se esforzaba por encontrar un trabajo, pero no lo conseguía. Cada mes que pasaba, Vasilis bajaba un poco el listón, de manera que cada vez aspiraba a un puesto de trabajo peor que el anterior. En algún momento, cuando ya estaba completamente desesperado, me escribió a Australia (donde me había trasladado) lo siguiente: «Lo peor que le puede pasar a alguien, querido Yanis, es encontrarse tan desesperado que esté dispuesto a vender su alma al diablo y que éste no quiera comprarla».

Exactamente así se sienten los desempleados cuando, bajo la presión de la «gran necesidad», ruegan por un puesto de trabajo, horrible y mal pagado, que encima… los empleadores le niegan. Espero que nunca te encuentres en esta situación, pero quiero que sepas que billones de tus semejantes se encuentran en ella. Espero, además, que no te influyan algunos de mis compañeros de trabajo, economistas, que niegan con obstinación que haya personas que se encuentran en esta situación. ¿Cómo pueden negarlo?

Para que entiendas cómo piensan los que se niegan a creer que existan desempleados (yo les llamo negacionistas del desempleo),   tengo   que   decirte que   piensan lo mismo que pensaba yo en una conversación con Andreas, otro amigo mío. Andreas se quejaba de que no podía vender su casa de campo en Patmos. Yo le contesté que se la compraba por 10 euros. Se rió, entendiendo la diferencia entre (a) no poder vender y (b) no poder conseguir el precio que querrías obtener. Precisamente de esta manera piensan quienes niegan que exista desempleo, es decir los economistas que se niegan a admitir que Mefistófeles quizás no quiera comprar el alma de Fausto o, lo que es lo mismo, que quizá no haya empleador que quiera pagar el trabajo de Vasilis. Los negacionistas de desempleo piensan así:

Si el trabajo del desempleado puede producir algún valor para el que le paga, entonces este último estará dispuesto a pagar algo por contratarle. Al igual que tú has ofrecido pagar 10 euros a Andreas por su casa de Patmos, un empleador daría 100 euros al mes a otro amigo tuyo, Vasilis, para contratarle. Pero ni Andreas quiere vender su casa a un precio tan bajo ni Vasilis quiere cobrar su trabajo a un precio tan bajo. ¿Eso significa que Andreas no encuentra un comprador? No. ¿O que Vasilis no encuentra un empleador? Tampoco. Significa, sencillamente, que ni Andreas ni Vasilis encuentran compradores dispuestos a darles el precio que ellos exigen. Es su problema. Están en su derecho de no vender su casa o no querer aceptar un trabajo. Tú también podrías querer vender tu casa o tu trabajo por billones, pero no es culpa de los demás que no encuentres clientes. Es culpa de tu estúpida codicia. Baja el precio o tu sueldo hasta encontrar clientes. Hasta entonces no puedes afirmar que la sociedad de mercado ha fracasado en encontrarte compradores. Tu amigo Andreas sencillamente cree que el valor de cambio que debería tener su casa es mayor del que la sociedad de mercado estima que debería tener. Lo mismo para tu amigo Vasilis: evalúa el valor de cambio de su trabajo por encima de lo que la sociedad de mercado considera apropiado. Está en su derecho. Pero que no vengan luego los dos presentándose como víctimas del mercado o desempleados.

En resumen, los negacionistas del desempleo niegan, como acabas de ver, que existan desempleados, es decir, personas que quieren cobrar por su trabajo pero no pueden. Piensan que todos los Vasilis son como Andreas, que no vende su casa de campo porque considera que el precio más alto que le han ofrecido es insuficiente. En otras palabras, los negacionistas del trabajo consideran que los Vasilis eligen ser desempleados y, por lo tanto, no son desempleados, ya que el término desempleado designa a la persona que quiere trabajar pero permanece inactiva de manera forzosa. He oído afirmar a mis compañeros economistas: «Si se pusiesen a limpiar los parabrisas de los coches en los semáforos podrían obtener un sueldo mínimo».

Este argumento parece tener una cierta lógica. El hecho de que encontrarás algún trabajo siempre que bajes tus exigencias, si bajas al máximo posible el sueldo que pides, parece sensato, aunque nadie te asegura que el sueldo que determinará el mercado laboral será suficiente para que vivas dignamente. Me dirás: «Sí, pero en cuanto a mi trabajo, tengo que ganar el dinero suficiente para comer, vestirme, pagar el alquiler. Si el sueldo que puedo encontrar ni siquiera cubre estas pocas   cosas, ¿no puedo considerarme desempleada?». Estoy de acuerdo. Sin embargo, el problema de los negacionistas del desempleo es más profundo.

En dicho mercado laboral, si Vasilis empieza a bajar el precio de su trabajo (el sueldo que le pide al empleador), es muy posible que no encuentre trabajo por mucho que lo baje — al contrario que Andreas, que seguro que encontrará algún comprador para su casa, siempre que baje el precio a 10 euros

—. Es probable, en otras palabras, que el desempleado empiece a parecerse a un Fausto que cada vez le pide a Mefistófeles un precio más bajo para venderle su alma, pero Mefistófeles, en lugar de empezar a plantearse comprarla, cada vez la desea menos.

EL CIERVO, LAS LIEBRES Y EL PODER DEL OPTIMISMO

Antes de ver lo que pasa con la casa de Andreas (es decir, que probablemente se venderá si su precio baja bastante) y con mi amigo economista, Vasilis (que no encuentra trabajo aunque rebaje el sueldo que pide), te voy a contar una historia inventada hace dos siglos por el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau.

Imagínate un grupo de cazadores en alguna selva del Amazonas o de África. Equipados sólo con redes, arcos y flechas, salen a cazar un gran ciervo para llevarlo a su campamento y compartirlo con sus familias. Ven un ciervo en un claro y deciden rodearlo, sin hacer ruido y muy despacio, para no asustarlo. Su estrategia consiste en formar un círculo, lanzarle las redes de cada uno y, una vez esté atrapado en ellas, matarlo con las flechas (porque desde lejos sus flechas, que son muy débiles, no sirven para matar a un animal tan grande y fuerte).

El problema es que este «intento» durará un día entero y si llega el atardecer y no han capturado el ciervo, pasarán hambre tanto ellos como sus familias. Saben, además, que fracasarán si sólo uno de los cazadores se despista y deja que el ciervo escape por su parte de círculo; es decir, un eslabón débil en la cadena que rodea al animal es suficiente para destruir el trabajo de todos y para condenarlos a una noche de hambre. Por suerte para los cazadores, en esta región hay bastantes liebres, así que siempre pueden matar fácilmente alguna liebre con sus flechas. Sin embargo, aunque sólo sea un cazador el que se centre en cazar liebres, la estrategia de rodear al ciervo será imposible. Y la liebre que capture no será suficiente para alimentar a todo el grupo, que pasará hambre.

He aquí, pues, el dilema de los cazadores: les gustaría mucho cazar colectivamente el ciervo, hacer una cena perfecta con canciones y alegría, y dormir felices y con la barriga llena. Sólo trabajarán en equipo y cada uno de ellos hará lo mismo si tienen confianza en los demás, si están convencidos de ello. No obstante, en el caso de que algunos cazadores duden de otros o teman que alguno de sus compañeros se despiste, les dominará el pesimismo (sobre las posibilidades de capturar el ciervo) y optarán por cazar… liebres, cada uno por su lado —aunque sólo sea para no volver al campamento con las manos vacías—. Sin embargo, esto les condena como grupo a no capturar el ciervo, que les quitaría el hambre a todos.

Fíjate en lo importante:

  • Todos los cazadores prefieren trabajar en grupo en la caza del ciervo a cazar liebres cada uno por su
  • Cada cazador se centraría en la caza del ciervo si estuviese seguro de que los demás harían lo mismo (es decir, que nadie se ocuparía de las liebres si todos estuviesen seguros de que el grupo cazaría unido el ciervo).
  • Al final, la captura del ciervo dependerá de lo optimistas que sean los cazadores sobre si cazarán el ciervo.

Esto último demuestra el poder del optimismo, pero también el endiablado poder del pesimismo. Si los cazadores son optimistas y creen que cazarían el ciervo, eso significa que cada uno de los cazadores cree que nadie del grupo dejará el ciervo para cazar liebres. Entonces ninguno de ellos dejará el ciervo para cazar liebres y, por lo tanto, capturarán el ciervo. Pero si, al contrario, hay un mínimo rastro de pesimismo, algunos cazadores temerán que el ciervo escape. A su vez, eso hará que teman que los cazadores más pesimistas piensen que el ciervo no se puede capturar y, para no pasar hambre, se centrarán totalmente en la caza de liebres. Entonces la cadena humana que debía rodear al ciervo quedará rota y el animal… escapará.

Ésta es la enseñanza principal de la alegoría de Rousseau: que nuestros esfuerzos colectivos consigan su objetivo por regla general depende del grado de optimismo del grupo o la sociedad a la que pertenecemos. Creer que es posible lograr algo propicia que hagamos todo lo necesario para que se convierta en realidad. Y entonces nuestras previsiones optimistas se cumplirán. Lo mismo sirve para el supuesto contrario: si creemos que algo es muy difícil de lograr, entonces no haremos todo lo que hace falta para lograrlo y las previsiones pesimistas se confirmarán.

¿Por qué te he contado esta historia del ciervo y de las liebres? Porque te ayudará a entender la diferencia entre el caso de Andreas, que no conseguía vender su casa, y el de Vasilis, que no encontraba trabajo.

EL DESEMPLEO Y EL PODER ENDIABLADO DEL PESIMISMO (O POR QUÉ NO ES LO MISMO EL TRABAJO QUE LAS CASAS Y LOS TOMATES)

¿Recuerdas a los negacionistas del desempleo? No creían que mi amigo Vasilis estuviera realmente desempleado, ya que consideraban que el trabajo que buscaba no se diferenciaba de la casa que mi amigo Andreas quería vender, y que si redujese su precio (su salario), Vasilis encontraría a algún empleador que lo contratase. Pero los negacionistas del desempleo no tienen razón. Y el motivo es que no entienden que una cosa es la casa de Andreas y otra cosa el trabajo de Vasilis. No entienden que:

  • Lo que pasa con los coches (que, si baja el precio de un Ferrari rojo a 1.000 euros, alguien lo comprará), no pasa con los servicios de un
  • Lo que pasa con los tomates (que, si baja el precio, como pasa en el mercado al mediodía, se venderán todos), no pasa con el trabajo asalariado.

Y ¿por qué es diferente el trabajo de Vasilis, y de los desempleados en general, de los Ferrari y los tomates? La respuesta nos la da la alegoría del ciervo y las liebres de Rousseau.

La casa de Andreas la quiere alguien para vivir en ella, para ir un fin de semana a Patmos a descansar, para disfrutarla, y estará dispuesto a pagar una cantidad de dinero para comprarla. Cuando en un futuro alguien la compre, la cantidad que pague reflejará el valor experiencial o incluso el valor de cambio de la casa. Sea como sea, la casa de Andreas se venderá, siempre que éste reduzca bastante su precio, hasta que alcance el valor que tiene vivir en ella. Lo mismo pasará con el Ferrari: se podrá vender si hay alguien a quien le hace ilusión conducirlo (o que otros los vean conduciéndolo), a condición de que el precio que pide el propietario se haya reducido. Lo mismo pasa con los tomates: si no están estropeados y hay personas a quienes les gustan, se venderán todos, siempre que su precio baje considerablemente.

Sin embargo, esto no pasa con el trabajo del desempleado Vasilis. Ningún empleador quiere su trabajo en sí. Pongamos como ejemplo a María, que tiene una empresa de fabricación de neveras y que podría contratar a Vasilis. La única razón para que María contrate a Vasilis sería si creyese que, puesto que lo contrata para producir más neveras, existirán entonces compradores para estas neveras, los cuales estarán dispuestos a pagarle a María por cada nevera una cantidad superior a su coste—un coste que incluye no sólo el sueldo de Vasilis sino muchas más cosas (materias primas y recambios para la fabricación de neveras, electricidad, coste de llamadas, alquiler de la empresa, etcétera).

Y ¿de qué depende que se cumplan las condiciones para que María contrate a Vasilis? La respuesta es muy sencilla: de la expectativa de María de que desde el momento en que se empiecen a fabricar nuevas neveras haya compradores que estén dispuestos a pagar un precio que supere su coste, aunque sea el mínimo, para que María no salga perdiendo.

Imagínate a María antes de tomar la decisión de contratar a Vasilis (y a algunos Vasilis más, es decir, desempleados) con el fin de fabricar más neveras. María no está nada convencida de si debe hacerlo. Si contrata a los desempleados y se fabrican nuevas neveras pero éstas se quedan sin vender (o si ella se ve obligada a venderlas a bajo coste), entonces para ella sería la ruina. Por otro lado, si les contrata y las nuevas neveras se venden a buen precio, entonces habría logrado un beneficio y los desempleados estarían satisfechos por haber salido del paro y por haber conseguido ganarse la vida con dignidad, y con ellos sus familias.

«¿Qué debo hacer?», piensa ansiosamente María. «¿Les contrato?», se pregunta. «¿Y si me arruino?», sigue pensando. Ante este dilema, sabe que la venta de las neveras dependerá del clima general de la sociedad de mercado. Si el clima es bueno, aumentará la actividad económica; si domina el optimismo entre los consumidores, entonces muchos de ellos comprarán neveras, junto con otros bienes que se adquieren cuando «las cosas van bien». Sin embargo, si el clima económico es negativo, si domina el pesimismo, si los consumidores ahorran dinero porque temen el paro o la crisis, entonces las neveras de María se quedarán en el olvido y María perderá mucho dinero, quizá incluso llegue a arruinarse.

Y ¿de qué depende que las cosas vayan bien o mal? ¿De que las neveras de María encuentren compradores dispuestos a pagar un precio que permita a la empresa sobrevivir? Depende de que otros empresarios como María crean que las cosas irán bien. Porque si un número suficiente de empresarios son optimistas, invertirán en nuevos contratos, nuevas máquinas, nuevos edificios. Entonces aumentarán los ingresos de los trabajadores y de los proveedores. Estos ingresos se gastarán en la compra de neveras y aparatos de música en las tiendas y en las grandes superficies. De este modo, las Marías de la sociedad verán como las sociedades de mercado confirman sus previsiones optimistas recompensándoles con creces por ello.

Por el contrario, si las Marías son pesimistas, y por lo tanto los empresarios en su totalidad no contratan a Vasilis desempleados, entonces la actividad económica se estancará, los empleadores que hayan contratado a desempleados perderán dinero y, así, el pesimismo de la mayoría de los empresarios se confirmará sin fundamento.

Es por eso que la alegoría del ciervo y las liebres de Rousseau es importante, porque refleja la esencia del mercado laboral pero también de la sociedad de mercado en su conjunto. Igual que el pesimismo de los cazadores reduce sus posibilidades de capturar el ciervo, el pesimismo de los empresarios aumenta el desempleo, la recesión, la crisis de la sociedad de mercado, sobre todo cuando un alto porcentaje de ellos cree o teme que «las cosas no irán bien». Y al contrario: si los empresarios son optimistas, contratarán más personas como Vasilis, lo cual se traducirá en un buen resultado para la sociedad de consumo; se conseguiría el mismo efecto que si los cazadores capturaran el ciervo en vez de dedicarse a cazar liebres por separado.

María le da vueltas a todas estas cosas de noche y la ansiedad no le deja dormir, puesto que contratar a Vasilis y a otros como él es un dilema. Pero supongamos que una noche María escucha en la radio, que siempre deja encendida hasta que se duerme, que el sindicato de trabajadores ha comunicado que están dispuestos a trabajar por la mitad, es decir, que los trabajadores se avienen a reducir su sueldo en un 50 %, como mínimo. ¿Cómo reaccionará María?

¿Dirá: «¡Qué bien! Mañana por la mañana voy a contratar a Vasilis y a otros como él para poner en marcha la producción de muchas nuevas neveras»? ¿O pensará algo muy diferente? Como: «Me alegro, desde luego, de que los sueldos se reduzcan, puesto que de este modo también se reduce el coste de fabricación. Pero imagínate lo mal que están las cosas para que los empleados estén dispuestos a trabajar por la mitad de su sueldo. Aunque les contraten muchos empresarios como yo, con los salarios tan bajos que cobrarán, ¿cuántos dispondrán del dinero para comprar mis neveras?».

Igual que en el caso de los cazadores de ciervos, los empresarios como María están bajo la tiranía de las expectativas colectivas, es decir, cuando en el grupo (o, mejor, el rebaño) reina el optimismo, este sentimiento se extiende (se retroalimenta) y acaba confirmándose, mientras que en un rebaño pesimista, acaba confirmándose ese pesimismo.

¿Sabes qué significa esto? Significa que es muy probable que los sueldos bajen, y que las Marías (los empresarios) interpreten esta reducción como una señal de un período de baja actividad económica y, por lo tanto, despidan a sus empleados, en vez de contratar a los Vasilis desempleados.

¿Ves por qué el trabajo se diferencia radicalmente de las casas, de los coches y de los tomates? Porque el precio del trabajo (el sueldo) puede que baje y esto a su vez reduzca (en vez de aumentar) la demanda de trabajo.

DOS MERCANCÍAS ENDIABLADAMENTE DIFERENTES DE LAS DEMÁS: EL TRABAJO Y EL DINERO

Las grandes crisis económicas, como la que estalló en 1929 y la más reciente de 2008, nos han enseñado que las sociedades de mercado sufren a dos demonios que se esconden en sendos importantes mercados: un demonio en el mercado de dinero (o mercado monetario) y el otro en el mercado de trabajo (o mercado laboral).

Del demonio del mercado laboral acabamos de hablar hace poco: es el que hizo que la empresaria María fuera capaz de despedir a empleados cuando el precio de su trabajo… bajó. Al contrario que la compra de tomates, de casas, de neveras o de coches, en el mercado laboral «la cantidad» que buscan los compradores-empleadores puede fácilmente desplomarse porque el «precio» (el sueldo) ha bajado. Sólo un demonio escondido en este mercado podría conseguir algo así.

Pero no es el mercado laboral el único poseído por un demonio. Existe también el mercado monetario. «¿El mercado monetario?», me preguntas. «¿Qué es, el que compra o vende dinero?» La respuesta es que en el mercado monetario nadie vende el dinero, sencillamente lo alquila, es decir, lo presta (como en el caso del mercado laboral, donde los trabajadores no venden su trabajo, sencillamente alquilan su tiempo). Y ¿por qué lo presta? Porque así gana intereses.

Naturalmente, como hemos visto en los capítulos anteriores, los bancos prestan las cantidades «importantes» atravesando la «línea del tiempo», sacando valor del futuro para prestarlo a las Marías, es decir, a los diferentes empresarios, y cobrando intereses por ello. El problema es que las Marías tienen que querer pedir esos préstamos, a fin de contratar a más empleados, comprar máquinas y empezar a producir, reforzando así los ingresos totales de la sociedad, el empleo y la prosperidad general. Es lo que quizá hayas escuchado decir: que los   empresarios   como   María   piden   préstamos   para hacer «inversiones», las cuales, a su vez, permitirán el «desarrollo».

Si consideramos que el dinero que María piensa pedir prestado es como una mercancía que no se diferencia de los tomates, entonces quedamos atrapados en la idea de que cuanto más bajo sea el precio del dinero, más dinero decidirá pedir en préstamo María (de la misma manera que comprará más tomates si su precio baja). Y ¿cuál es el precio del dinero prestado? El tipo de interés, puesto que cuanto más alto sea, mayor será el coste del préstamo (los intereses que   María tendrá que pagar al banco).

Hemos visto que en el mercado laboral el precio del trabajo (el sueldo) no era razón suficiente para que María se decidiera a contratar a más trabajadores. Hemos visto también que en períodos de recesión (de depresión económica) María puede fácilmente despedir a empleados si oye que los sueldos bajan. Lo mismo pasa en el caso del mercado monetario: el anuncio de una bajada de los intereses (el precio del dinero prestado) puede hacer que María pida menos dinero prestado, pero no más. ¿Por qué?

Porque María sabe que sólo vale la pena pedir un préstamo para invertir en la fabricación de nuevas neveras si se produce una mejora general en la economía. Y para que se produzca esa recuperación económica tendrían que invertir no sólo María, sino también muchos otros empresarios como ella, sobre todo las grandes empresas, a las que suelen imitar los «jugadores» más pequeños cuales peces piloto, aquellos que siguen a los tiburones para alimentarse de sus sobras. De hecho, una ola de inversiones por parte de las grandes empresas aumentaría la demanda de dinero y trabajo en toda la economía. Pero ¿qué hace que las grandes empresas deseen invertir? La respuesta es: el optimismo.

Volvamos entonces a la historia del ciervo y las liebres. Como sucede con el grupo de cazadores de Rousseau, en las sociedades de mercado los empresarios invertirán el dinero prestado en el trabajo y en las máquinas, impulsando la producción y a la economía en general, pero sólo si predomina el optimismo. He aquí por qué la reducción del precio del trabajo y del dinero (de los sueldos y de los intereses) puede fácilmente agudizar la crisis, aumentar el paro y reducir los préstamos que piden las empresas para invertir: la razón es que, como le sucede a María cuando oye que el Estado baja los tipos de interés o que los trabajadores están dispuestos a trabajar por menos dinero, puede volverse más pesimista respecto al clima económico general. Puede pensar: «Que el Estado y los banqueros bajen los tipos de interés es porque esperan que la actividad económica se contraiga de una forma desesperante. El hecho de que los trabajadores estén dispuestos a trabajar por una miseria significa que, aunque encuentren trabajo, no tendrán dinero para gastar y por tanto no podré venderles mis productos». Así es cómo se intensifica el pesimismo de María y del resto de empresarios. En consecuencia, la reducción de los sueldos y de los tipos de interés traerá más paro, menos inversiones y una crisis más profunda.

¿Ves ahora por qué los negacionistas del desempleo se equivocan al considerar que no pueden existir desempleados de verdad? ¿Y qué equivocados están al considerar que lo que ocurre con la casa de Andreas ocurre también con el trabajo de Vasilis? ¿Ves por qué digo que en las profundidades de estos mercados importantes, del dinero y del trabajo, viven demonios que trabajan febrilmente para producir y reproducir crisis económicas?

LOS COMPLEJOS EDÍPICOS DE LOS MERCADOS LABORAL Y MONETARIO

Seguro que has oído hablar de Edipo rey, la famosa tragedia de Sófocles. Se basa en la leyenda de Edipo, que mató al rey de Tebas y se casó con la esposa de éste, Yocasta, sin saber que en realidad eran su padre y su madre. El elemento clave de esta historia es el poder de la profecía.

Te explico: Layo, rey de Tebas, se entera de que su esposa Yocasta está embarazada y pide al oráculo que prediga el futuro de su hijo. El oráculo le contesta con una horrible profecía según la cual Layo morirá a manos del hijo que espera Yocasta. Aterrado, Layo ordena a Yocasta que mate a su hijo justo después de su nacimiento. Sin embargo, ella no puede matar a su propio hijo, así que lo entrega a un sirviente para que lo sacrifique. No obstante, el sirviente tampoco tiene el coraje de matar a un bebé desamparado. Lo lleva, pues, al monte, donde lo abandona para que muera solo, de frío y hambre. Pero resulta que un pastor encuentra al pequeño Edipo y lo lleva a Corinto, donde lo adopta el rey, que no tiene hijos.

Años después, Edipo, sospechando que el rey de Corinto no es su padre biológico, pide al oráculo que le diga algo sobre sus progenitores. El oráculo contesta con una segunda profecía horrorosa: «Te casarás con tu madre». Aterrado, decide marcharse lejos de Corinto para evitar este destino. En su viaje pasa cerca de Tebas. Allí encuentra por casualidad al rey Layo en un cruce de caminos, donde acaban peleándose por quien va a pasar primero. Durante la pelea, Layo muere asesinado a manos de su hijo, con lo que se cumple la primera profecía.

Más tarde Edipo salva a Tebas de un monstruo llamado Esfinge, resolviendo un acertijo que establecía que la persona que lo contestara no sólo salvaría la ciudad, sino que también se convertiría en el rey. De esa manera, Edipo se convirtió en el rey de Tebas y, como era tradición en aquella época, se casó con la viuda del rey, Yocasta, su madre, cumpliéndose así la segunda profecía.

¿Qué relación tiene esta leyenda con los mercados laboral y económico?
¡Muchísima!   Piénsalo:  la  primera  profecía    se «autocumplió», puesto que Edipo no habría matado nunca a Layo si no hubiese existido la primera profecía. Sin la primera profecía, Layo no se habría aterrorizado, no habría dado orden de que asesinaran a su hijo, y éste habría crecido en el palacio de Tebas, habría conocido a su padre y, obviamente, no lo habría matado en un futuro. Exactamente lo mismo pasa con la segunda profecía: si el oráculo no hubiese profetizado que Edipo se casaría con su madre, él no se habría marchado de Corinto, no habría matado a su padre, no se habría detenido en Tebas, salvándola de la Esfinge y, por supuesto, no se habría casado con su madre.

Lo mismo pasa, en tiempos de crisis, con los mercados laboral y monetario: cuando María y el resto de los empresarios

«profetizan» que la crisis continuará y que la actividad económica permanecerá contraída, evitarán pedir dinero prestado a los bancos para contratar a más empleados, por lo que estarán haciendo que la profecía se cumpla. Y cuando la crisis reduce los precios del trabajo y del mercado (los sueldos y los tipos de interés), en lugar de que crezcan el empleo y las inversiones, pasa exactamente lo contrario, puesto que estas reducciones intensifican el pesimismo, y éste se retroalimenta.

EPÍLOGO: DE LA CAZA DEL CIERVO A EDIPO, PASANDO POR FAUSTO Y LOS NEGACIONISTAS DEL DESEMPLEO

El trabajo y el dinero son engranajes necesarios del motor de las sociedades de mercado. A la vez, funcionan como demonios que lo embrujan. La razón por la cual no pueden funcionar como engranajes «prudentes» (como sí ocurre, por ejemplo, con los tomates, los motores eléctricos, las materias primas, etcétera) es porque se diferencian radicalmente del resto de mercancías. Para decirlo de forma sencilla: ningún empresario los quiere de verdad.

En realidad, los empresarios odian tanto el hecho de tener empleados como el tener que pedir préstamos. Ningún empresario quiere tener deudas. Y todo empleador sueña con el momento en el que la tecnología le permita despedir a sus trabajadores y sustituirlos por robots, que ni se quejan, ni hacen huelgas, ni se ponen enfermos. Si pudiesen, los empleadores no alquilarían trabajo y no pedirían préstamos. Y no es porque cuesten dinero, sino porque, a diferencia de la electricidad (que puedes comprar sin tener mucho trato con su productor), el trabajo y el capital (prestado) imponen al empresario una relación social, una relación de poder (con empleados y banqueros) que éste preferiría no tener.

En este sentido, los préstamos y el trabajo son males necesarios, cuyos servicios pagan los empresarios para   ganar más dinero. Sin embargo, sólo puede haber beneficio si el nivel de la futura demanda de mercancías es alto. De la misma manera que los cazadores de Rousseau permanecen centrados en la caza del ciervo sólo cuando prevalece entre ellos el optimismo, los empresarios invierten el dinero prestado en personas y máquinas sólo si entre ellos predomina el optimismo de que la mayoría de ellos serán optimistas.

Y al contrario: si son pesimistas, el pesimismo se confirma, y la reducción de los sueldos y de los tipos de interés lo refuerza aún más, puesto que lo consideran como un oráculo que predice que la futura demanda de sus productos ser reducirá más, en lugar de hacerlos más optimistas, ya que se reducen sus costes. Con los empresarios en tiempos de crisis ocurre lo mismo que con Layo y Edipo: las profecías pesimistas tienen el poder de autocumplirse (es decir, una vez hecha la predicción, ésta es en sí misma la causa de que se haga realidad).

En conclusión, y contra la conmovedora creencia de los negacionistas del desempleo de que la reducción de salarios bastaría para que consigan trabajar los que realmente quieran trabajar, los desempleados se asemejan a Fausto, quien no puede convencer a Mefistófeles para que compre su alma por mucho que baje el precio de venta.

 
 

10 thoughts on “Economía sin corbata, Capítulo 6: DOS MERCADOS EDÍPICOS

  1. Mucho teque y poca sustancia.
    Según parece, al final, si queremos “resolver” el problema (que es mucho más complejo que la cacería individual de la liebre o la colectiva del siervo), hay que comenzar a intercambiar huevos por tomates y calabazas for frijoles, pieles por madera y oro por espejitos.
    Según leí alguna vez, en USA se considera por algunos entendidos en la materia que un índice de desempleo de entre un 3 al 4 porciento es “saludable” para la economía. Y claro, de más está decir que lo que produce el 96-97% que tienen empleo, ayuda a mantener a esos desempleados.
    Fíjense si es difícil resolver el problema que el autor parece exponer como algo muy simple, que ninguno de los mal llamados regimenes socialistas,con todos sus superespecialistas, doctores y candidatos a doctores en economía, incluyendo a los “sobremalvivientes” Korea del Norte y el Macondo Caribensis, lograron resolver la situación del empleo y la adecuada remuneración, aun con el poder absoluto sobre…

  2. Leer estos articulos-capitulos de economia es una experiencia invaluable para mi, que aunque puedo diseñar un edificio de 25 pisos a mano, siempre me ha sido muy dificil comprender como realmente funciona la economia de mercado el sentido mas amplio.

    Al ir leyendo cada capitulo, las imágenes del funcionamiento de la sociedad en que vivo me pasan frente a los ojos.

    Impresionante el simplísimo lenguaje con que el autor describe estos complejos fenómenos económicos.

  3. Oye, Luis Enrique, en los años 56 y 57 se construyeron los edificios Focsa y Someillán, calculados también a mano, compadre. Así que calcular uno de 25 pisos a estas alturas del juego no será tan complicado como en aquella época, donde todo era a regla de cálculo. De lo que si estoy seguro es de que Saenz y Villa, los ingenieros de esas magníficas obras, conocían un poco de economica, al menos en lo relativo a la construcción, donde el financiamiento es parte fundamental del projecto.
    Y por cierto ¿Es que hay alguna economía que no sea de “mercado”?
    Digo, porque el eufemismo cubano de “economía planificada” no se lo creen ni quienes lo inventaron.
    Si por ser ingeniero no entiendes ni pito de economía, eso no es culpa tuya, sino del sistema donde has pernoctando por muchos años, y por tanta baba es muy difícil conocer algo que no existe en la práctica.
    Mira, lo importante es la solución del problema, y hasta ahora el escribidor no la ha explicado. Yo espero que aunque sea en…

  4. tanto el escritor como frenando están tratando de capacitarlos, mirenlo desde ese angulo y entenderán lo que pasa en cuba hoy donde el pesimismo de los viejitos es tan grande, que se lo han inculcado a casi todos los que pudieran invertir dentro de la isla y por eso todos esperan por la inversión extranjera en vez de gestionar créditos para que los cubanos de dentro podamos invertirupar esos espacios porque nos yoca por haberlos soprtado por mas de 5 decadas

  5. Muy bueno seguir educando, Ravsberg. Lastima que algunos no cojan el mensaje y se nieguen a aprender.Gracias por este tratado economico que hasta un nino puede entender. Ah, y desgraciadamente puede haber quien piense que este es un Oraculo economico o que el autor es un Guru de las finanzas. Es un texto y mas nada. Gracias Ravsberg.

  6. Magnífico, Muchas gracias
    Cuanto tenemos que aprender de lo que hemos vivido en una economía socialista de pleno empleo, sin créditos ni verdadero papel del banco de cara a la sociedad cubana y lo que nos queda por vivir a partir de esta etapa de giro que estamos dando. Reflexionemos sobre lo que hay que hacer para preservar lo bueno y construir en lo adelante, porque ahora sí nos vamos a enfrentar a esos demonios desconocidos. Tenemos que ser optimistas bien informados.

  7. tenemos, vamos, enfrentarnos…
    hay silvia, aun no te enteras que usted (como el resto de los cubanos), no cuentan para nada en su pais?
    Saludos involucionarios!

  8. Buenas tardes, os ha dicho alguien que vuestra web puede ser adictivo ? estoy preocupada, desde que os recibo no puedo parar de mirar todas vuestras sugerencias y estoy muy feliz cuando recibo uno más, sois lo mejor en español, me encata vuestra presentación y el curre que hay detrás. Un beso y abrazos, MUCHAS GRACIAS POR VUESTRO TRABAJO, nos alegrais la vida.

    Saludos

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