“El periódico ha de estar siempre como los correos antiguos, con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el tacón.  Debe desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente al bien público”.
José Martí
 

De Rusia a Gran Bretaña con escala en el Período Especial

Tomado de Progreso Semanal

Eran los ochenta finales y desde hacía poco todo se estaba acabando, pero nadie nos había dicho nada y no queríamos ni podíamos y tal vez ni siquiera nos convenía darnos cuenta. Éramos felices, en general, y queríamos seguirlo siendo. Los uniformes militares, los sobres de las cartas del correo, las latas de conservas, el petróleo sin refinar y el perfume Moscú Rojo, las botas de trabajo y los jugos de peras y manzanas, todo, absolutamente todo, venía de la CCCP (siglas que aparecían en cuanta cosa consumíamos, y que ya en los primeros años de la escuela primaria traducíamos como: “¿cuándo carajo comeremos pollo?”, quizá abrumados por la cantidad de carne de res, de embutidos —¡ah, la butifarra!— y quién sabe qué más, quién se acuerda, que se distribuía por aquella tan tremenda, tan otra, libreta de racionamiento).

Así que, siendo yo un blanquito tan pero tan blanquito en plena Centro Habana tan mestiza, más alto entonces que la media, de ojos casi claros, casi verdes, y el cabello casi rubio, más rubio cuanto más me lo quemara el sol y el salitre del verano, y puestos a escoger mis socitos de la secundaria un apodo para mí, lo más natural sería que de una me nombraran como desde siempre me nombraron: El Ruso.

A veces era El Ruso, pero a veces era El Rusosky, y a veces era Tavarich, y menos veces pero también a veces era El Soviético. Aquel nombrete, que en lo personal no me daba ni fú ni fa, me acompañó por años. Y me sorprendió cuando, ya en el bachillerato, en aquel internado perdido en los campos de Güira de Melena a donde no había ido a parar ninguno de mis socitos de Centro Habana —la mayoría terminó en alguna escuela de oficios, sin ningún interés por los estudios superiores ni por llenarse de tierra las unas ni los dientes— volví a recibir de mis nuevos compañeros de aula el mismo apodo de El Ruso.

Era algo mágico, era como una señal de identidad que me acompañaba, visible, altisonante, que no solo veía yo sino que sobre todo veían los demás y, por qué no decirlo, me hacía sentir seguro, me hacía sentir sólido, me hacía sentir siempre yo mismo, me hacía sentir feliz.

Ya en los noventa y en medio del descojonovich, otro socio que ahora no mencionaré pero de gozosa recordación, atento a los tiempos nada dulces que corrían, tuvo a bien rebautizarme y nunca más fui El Ruso sino que desde entonces la mayoría de los que me rodeaban en aquella universidad comenzaron a nombrarme ni más ni menos que El Zar.

Fui El Zar por algún tiempo, hasta que una mañana descubrí de pronto que ya no era más El Zar, ni el Ruso, ni El Rusosky ni mucho menos El Soviético. Algo había pasado, o había pasado todo. Había pasado de todo y ya todo no era más que pasado. Ya no quedaban latas de carne rusa en el mercado, y los animados en la televisión volvían a ser norteamericanos. Desapareció, se fue a bolina la bandera roja de la hoz con el martillo, del martillo con la hoz, y la ciudad se ha inundado desde el aeropuerto hasta el muro del Malecón con la bandera de las barras y las estrellas.

Ahora es mi hijo quien va a la secundaría. Su piel es tan blanca como antes lo fue mi piel (antes de tanta escuela al campo y tanto trabajo voluntario y tanto servicio militar), sus ojos sí que son claros de verdad, es más, son azules, y es alto, más alto que la media como también yo lo fui. Y sus amigos, los socitos de su aula, también han escogido un apodo para él. A mí, por ser alto, blanco y de ojos claros, me llamaron El Ruso. A mi hijo, por las mismas razones, por ser alto, blanco y de ojos claros, le han apodado El Británico.

¿Qué sucedió entre mis doce años y la adolescencia de mi hijo, para que nos hayan apodado con dos imperios así de dispares y contrapuestos?

Pasó que mi hijo y yo, sin pasaportes ni aeropuertos ni aviones mediante, sin pedirlo ni pensarlo, nacimos en países diferentes. Pasó que las mismas calles hoy nos llevan a lugares desiguales, raros y elegantes, a los que no queremos entrar. Pasó, pasa, que mientras en mi infancia, con poco y a veces viviendo de prestado, me sentía rico, mi hijo con mucho más de lo que nunca tuve, a ratos sospecha que somos pobres. Pasó, pasa, que mi hijo no conoce, casi no ha escuchado, nunca dice, aquella palabra que tanto usábamos entonces: la palabra compañero.

Y lo que pasa con mi hijo pasa igual con los socitos de su aula. Que para ellos los rusos no son otra cosa que el eterno enemigo en esos juegos de shooters que siempre juegan en sus tablets y laptops.

Eso pasa. Y desde ya, yo estoy curioso… ardo por dentro en los deseos de saber cómo bautizarán los socitos de su aula, a mi nieto. Y por qué. Y por cuánto.

 
 

11 thoughts on “De Rusia a Gran Bretaña con escala en el Período Especial

  1. Socio, yo se seguro le ponen el “yuma” o el “gringo”, Ya deben d estar al regresar d Europa, el porque, y el por cuanto? JAJAJA

  2. Ernesto sera que a mi me paso lo mismo,a mi el gallego, a mi hijo el polaco, y a mi nieto ya se que va a tener un apodo norteamericano, por que nacio aqui, pero, que nos falto? identidad,nacionalismo,como eran antes los apodos? Como era el apodo de Jose Antonio el lider estudiantil? no era Manzanita? De que nacionalidad? ayudame amigo a entender tu articulo, antes abundaban los pepes, de jose, los cheos, y otros que se han ido sustituyendo por los que mencionas, que les paso a esos apodos nacionales? tu escrito sugiere descubrir la razon de ese trueque o no? sin animo de emplazar, solo por curiosidad.un saludo cordial.

  3. Llevo más de 20 años viviendo en España, mis amigos españoles a cada rato me comentan que como es posible con los años que llevo aquí en España, aún mantengo ese acento tan cubano, los entiendo, he visto compatriotas que hablando parecen más ibéricos que Cervantes, yo siempre les contesto que nací en Cuba y aun que me vaya a Groenlandia siempre seré cubano

  4. “todo, absolutamente todo, venía de la CCCP”..eso no es verdad. Los sorbetos que consumíamos eran cubanos, la carne de vaca (dos veces al mes en la casilla) también, los ómnibus eran fabricados en Cuba o ensamblados en Cuba (algún día habrá que recordar la historia de las Girón (que ya H. Zumbado una vez escribió) y de los motores Taíno. De la URSS nunca vino ni azúcar, ni tabaco, ni níquel. Vinieron muchas cosas de la URSS y del campo socialista de entonces, que hoy muchos recuerdan, pero decir que todo venía de la URSS, es una exageración.
    Y por cierto, en donde trabajo hay unos cuantos fanáticos a la cultura soviética y rusa…y no rebasan los 30 años. Se levantan, leen la web Sputnik, comentan entre ellos sobre filmes rusos y videojuegos rusos…y son bien cubanos.

  5. Eso es uno de los rasgos de personalidad que nos dejó el periodo especial de verdad, ese que duro hasta justo antes al “descojonovich” que tan tarde nos dimos cuenta, por ello sus apodos comenzaran a cambiar de posición geográfica, y otros mantuvieron su punto de mira. Todos asumimos fue la mejor época por esa mezcla de juventud pasada la adolescencia y un país que vivía muy por encima pero uno ni se enteraba. Recuerdo que en la inauguración de uno de los primeros joven club de computación en lo que había sido el famoso mercado SEARS en el 91, Fidel le dijo a uno de los pioneros “ese uniforme se veía nuevecito que lo cuidara”, y mi abuelo viejo zorro del antiguo partido Comunista y radicalmente honesto como siempre fue me dijo, prepárate que lo que nos viene encima ya lo están anunciando, al poco tiempo murió en su cama (mi abuelo),y la revolución se ha mantenido languideciendo hasta el día de hoy,con el mismo punto de mira de aquellos que sabían y nos engañaban, no perder el poder.

  6. A veces no entiendo. Se quejan de la desigualdad creciente, se ponen nostálgicos con los 80 y quieren más capitalismo. No los entiendo. Es cierto que se han perdido valiosas tradiciones como los carnavales, las fiestas patronales y el amor por el béisbol. Pero aun somos una nación bien fuerte.

  7. Fue y es el reconocimiento de la mentira que nos vendieron, acomodada a un pais que nos subvenciono hasta lo indecible y que un dia desaparecio y con el desaparecio la mentira de la superioridad del estado socialista por excelencia, fue un gigante con pies de barros que un dia se derrumbo y arrastro a una generacion de cubanos que candidamente creyeron toda esa mitologia y parafernalia con que los aparatos de propaganda de ambos paises nos inundaron hasta el cansancio,el capitalismo gringo gano y eso se debe digerir como debe ser de cara a nuestro futuro y como llamaran al nieto? no los se de pronto el catire si la Venezuela chavista resiste y sale de su crisis.

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